Durante la dictadura instaurada en la Argentina (1976-1983) se cometieron los más atroces crímenes que se puedan imaginar. Si sobre humanos se trata, hay que empezar por reconocer nuestro carácter dual, ambivalente, entre Buda y Hitler. Si sobre humanos se trata, el Informe que la CONADEP presentó al presidente Raúl Alfonsín, habla mucho sobre ellos. El informe, que se conoce como NUNCA MÁS o INFORME SABATO, por ser éste el presidente de la comisión, es muy elocuente de la capacidad de maldad que el ser humano puede tener y llevar a cabo mediante monstruosidades.
Este es el prólogo del Informe:
Nunca Más - Informe de la Conadep - Septiembre de 1984
Por ERNESTO SÁBATO
Durante la década del 70 la Argentina fue convulsionada por un terror que provenía tanto desde la extrema derecha como de la extrema izquierda, fenómeno que ha ocurrido en muchos otros países. Así aconteció en Italia, que durante largos años debió sufrir la despiadada acción de las formaciones fascistas, de las Brigadas Rojas y de grupos similares. Pero esa nación no abandonó en ningún momento los principios del derecho para combatirlo, y lo hizo con absoluta eficacia, mediante los tribunales ordinarios, ofreciendo a los acusados todas las garantías de la defensa en juicio; y en ocasión del secuestro de Aldo Moro, cuando un miembro de los servicios de seguridad le propuso al General Della Chiesa torturar a un detenido que parecía saber mucho, le respondió con palabras memorables: «Italia puede permitirse perder a Aldo Moro. No, en cambio, implantar la tortura».No fue de esta manera en nuestro país: a los delitos de los terroristas, las Fuerzas Armadas respondieron con un terrorismo infinitamente peor que el combatido, porque desde el 24 de marzo de 1976 contaron con el poderío y la impunidad del Estado absoluto, secuestrando, torturando y asesinando a miles de seres humanos.Nuestra Comisión no fue instituída para juzgar, pues para eso estan los jueces constitucionales, sino para indagar la suerte de los desaparecidos en el curso de estos años aciagos de la vida nacional. Pero, después de haber recibido varios miles de declaraciones y testimonios, de haber verificado o determinado la existencia de cientos de lugares clandestinos de detención y de acumular más de cincuenta mil páginas documentales, tenemos la certidumbre de que la dictadura militar produjo la más grande tragedia de nuestra historia, y la más salvaje. Y, si bien debemos esperar de la justicia la palabra definitiva, no podemos callar ante lo que hemos oído, leído y registrado; todo lo cual va mucho más allá de lo que pueda considerarse como delictivo para alcanzar la tenebrosa categoría de los crímenes de lesa humanidad. Con la técnica de la desaparición y sus consecuencias, todos los principios éticos que las grandes religiones y las más elevadas filosofías erigieron a lo largo de milenios de sufrimientos y calamidades fueron pisoteados y bárbaramente desconocidos.Son muchísimos los pronunciamientos sobre los sagrados derechos de la persona a través de la historia y, en nuestro tiempo, desde los que consagró la Revolución Francesa hasta los estipulados en las Cartas Universales de Derechos Humanos y en las grandes encíclicas de este siglo. Todas las naciones civilizadas, incluyendo la nuestra propia, estatuyeron en sus constituciones garantías que jamás pueden suspenderse, ni aun en los más catastróficos estados de emergencia: el derecho a la vida, el derecho a la integridad personal, el derecho a proceso; el derecho a no sufrir condiciones inhumanas de detención, negación de la justicia o ejecución sumaria.De la enorme documentación recogida por nosotros se infiere que los derechos humanos fueron violados en forma orgánica y estatal por la represión de las Fuerzas Armadas. Y no violados de manera esporádica sino sistemática, siempre de la misma manera, con similares secuestros e idénticos tormentos en toda la extensión del territorio. ¿Cómo no atribuirlo a una metodología del terror planificada por los altos mandos? ¿Cómo podrían haber sido cometidos por perversos que actuaban por su sola cuenta bajo un régimen rigurosamente militar, con todos los poderes y medios de información que esto supone? ¿Cómo puede hablarse de «excesos individuales»? De nuestra información surge que esta tecnología del infierno fue llevada a cabo por sádicos pero regimentados ejecutores. Si nuestras inferencias no bastaran, ahí están las palabras de despedida pronunciadas en la Junta Interamericana de Defensa por el jefe de la delegación argentina, General Santiago Omar Riveros, el 24 de enero de 1980: «Hicimos la guerra con la doctrina en la mano, con las órdenes escritas de los Comandos Superiores» . Así, cuando ante el clamor universal por los horrores perpetrados, miembros de la Junta Militar deploraban los «excesos de la represión, inevitables en una guerra sucia» , revelaban una hipócrita tentativa de descargar sobre subalternos independientes los espantos planificados.Los operativos de secuestro manifestaban la precisa organización, a veces en los lugares de trabajo de los señalados, otras en plena calle y a la luz del día, mediante procedimientos ostensibles de las fuerzas de seguridad que ordenaban «zona libre» a las comisarías correspondientes. Cuando la víctima era buscada de noche en su propia casa, comandos armados rodeaban la manzanas y entraban por la fuerza, aterrorizaban a padres y niños, a menudo amordazándolos y obligándolos a presenciar los hechos, se apoderaban de la persona buscada, la golpeaban brutalmente, la encapuchaban y finalmente la arrastraban a los autos o camiones, mientras el resto de comando casi siempre destruía o robaba lo que era transportable. De ahí se partía hacia el antro en cuya puerta podía haber inscriptas las mismas palabras que Dante leyó en los portales del infierno: «Abandonad toda esperanza, los que entrais».De este modo, en nombre de la seguridad nacional, miles y miles de seres humanos, generalmente jóvenes y hasta adolescentes, pasaron a integrar una categoría tétrica y fantasmal: la de los Desaparecidos. Palabra - ¡triste privilegio argentino! - que hoy se escribe en castellano en toda la prensa del mundo.Arrebatados por la fuerza, dejaron de tener presencia civil. ¿Quiénes exactamente los habían secuestrado? ¿Por qué? ¿Dónde estaban? No se tenía respuesta precisa a estos interrogantes: las autoridades no habían oído hablar de ellos, las cárceles no los tenían en sus celdas, la justicia los desconocía y los habeas corpus sólo tenían por contestación el silencio. En torno de ellos crecía un ominoso silencio. Nunca un secuestrador arrestado, jamás un lugar de detención clandestino individualizado, nunca la noticia de una sanción a los culpables de los delitos. Así transcurrían días, semanas, meses, años de incertidumbres y dolor de padres, madres e hijos, todos pendientes de rumores, debatiéndose entre desesperadas expectativas, de gestiones innumerables e inutiles, de ruegos a influyentes, a oficiales de alguna fuerza armada que alguien les recomendaba, a obispos y capellanes, a comisarios. La respuesta era siempre negativa.En cuanto a la sociedad, iba arraigándose la idea de la desprotección, el oscuro temor de que cualquiera, por inocente que fuese, pudiese caer en aquella infinita caza de brujas, apoderándose de unos el miedo sobrecogedor y de otros una tendencia consciente o inconsciente a justificar el horror: «Por algo será», se murmuraba en voz baja, como queriendo así propiciar a los terribles e inescrutables dioses, mirando como apestados a los hijos o padres del desaparecido. Sentimientos sin embargo vacilantes, porque se sabía de tantos que habían sido tragados por aquel abismo sin fondo sin ser culpable de nada; porque la lucha contra los «subversivos», con la tendencia que tiene toda caza de brujas o de endemoniados, se había convertido en una represión demencialmente generalizada, porque el epiteto de subversivo tenía un alcance tan vasto como imprevisible. En el delirio semántico, encabezado por calificaciones como «marxismo-leninismo», «apátridas» , «materialistas y ateos» , «enemigos de los valores occidentales y cristianos» , todo era posible: desde gente que propiciaba una revolución social hasta adolescentes sensibles que iban a villas-miseria para ayudar a sus moradores. Todos caían en la redada: dirigentes sindicales que luchaban por una simple mejora de salarios, muchachos que habían sido miembros de un centro estudiantil, periodistas que no eran adictos a la dictadura, psicólogos y sociólogos por pertenecer a profesiones sospechosas, jóvenes pacifistas, monjas y sacerdotes que habían llevado las enseñanzas de Cristo a barriadas miserables. Y amigos de cualquiera de ellos, y amigos de esosamigos, gente que había sido denunciada por venganza personal y por secuestrados bajo tortura. Todos, en su mayoría inocentes de terrorismo o siquiera de pertenecer a los cuadros combatientes de la guerrilla, porque éstos presentaban batalla y morían en el enfrentamiento o se suicidaban antes de entregarse, y pocos llegaban vivos a manos de los represores.Desde el momento del secuestro, la víctima perdía todos los derechos; privada de toda comunicación con el mundo exterior, confinada en lugares desconocidos, sometida a suplicios infernales, ignorante de su destino mediato o inmediato, susceptible de ser arrojada al río o al mar, con bloques de cemento en sus pies, o reducida a cenizas; seres que sin embargo no eran cosas, sino que conservaban atributos de la criatura humana: la sensibilidad para el tormento, la memoria de su madre o de su hijo o de su mujer, la infinita verguenza por la violación en público; seres no sólo poseídos por esa infinita angustia y ese supremo pavor, sino, y quizás por eso mismo, guardando en algún rincón de su alma alguna descabellada esperanza.De estos desamparados, muchos de ellos apenas adolescentes, de estos abandonados por el mundo hemos podido constatar cerca de nueve mil. Pero tenemos todas las razones para suponer una cifra más alta, porque muchas familias vacilaron en denunciar los secuestros por temor a represalias. Y aun vacilan, por temor a un resurgimiento de estas fuerzas del mal.Con tristeza, con dolor hemos cumplido la misión que nos encomendó en su momento el Presidente Constitucional de la República. Esa labor fue muy ardua, porque debimos recomponer un tenebrosos rompecabezas, después de muchos años de producidos los hechos, cuando se han borrado liberadamente todos los rastros, se ha quemado toda documentación y hasta se han demolido edificios. Hemos tenido que basarnos, pues, en las denuncias de los familiares, en las declaraciones de aquellos que pudieron salir del infierno y aun en los testimonios de represores que por oscuras motivaciones se acercaron a nosotros para decir lo que sabían.En el curso de nuestras indagaciones fuimos insultados y amenazados por los que cometieron los crímenes, quienes lejos de arrepentirse, vuelven a repetir las consabidas razones de «la guerra sucia» , de la salvación de la patria y de sus valores occidentales y cristianos, valores que precisamente fueron arrastrados por ellos entre los muros sangrientos de los antros de represión. Y nos acusan de no propiciar la reconciliación nacional, de activar los odios y resentimientos, de impedir el olvido. Pero no es así: no estamos movidos por el resentimiento ni por el espíritu de venganza; sólo pedimos la verdad y la justicia, tal como por otra parte las han pedido las iglesias de distintas confesiones, entendiendo que no podrá haber reconciliación sino después del arrepentimiento de los culpables y de una justicia que se fundamente en la verdad. Porque, si no, debería echarse por tierra la trascendente misión que el poder judicial tiene en toda comunidad civilizada. Verdad y justicia, por otra parte, que permitirán vivir con honor a los hombres de las fuerzas armadas que son inocentes y que, de no procederse así, correrían el riesgo de ser ensuciados por una incriminación global e injusta. Verdad y justicia que permitirán a esas fuerzas considerarse como auténticas herederas de aquellos ejércitos que, con tanta heroicidad como pobreza, llevaron la libertad a medio continente.Se nos ha acusado, en fin, de denunciar sólo una parte de los hechos sangrientos que sufrió nuestra nación en los últimos tiempos, silenciando los que cometió el terrorismo que precedió a marzo de 1976, y hasta, de alguna manera, hacer de ellos una tortuosa exaltación. Por el contrario, nuestra Comisión ha repudiado siempre aquel terror, y lo repetimos una vez más en estas mismas páginas. Nuestra misión no era la de investigar sus crimenes sino estrictamente la suerte corrida por los desaparecidos, cualesquiera que fueran, proviniesen de uno o de otro lado de la violencia. Los familiares de las víctimas del terrorismo anterior no lo hicieron, seguramente, porque ese terror produjo muertes, no desaparecidos. Por lo demás el pueblo argentino ha podido escuchar y ver cantidad de programas televisivos, y leer infinidad de artículos en diarios y revistas, además de un libro entero publicado por el gobierno militar, que enumeraron, describieron y condenaron minuciosamente los hechos de aquel terrorismo.Las grandes calamidades son siempre aleccionadoras, y sin duda el más terrible drama que en toda su historia sufrió la Nación durante el periodo que duró la dictadura militar iniciada en marzo de 1976 servirá para hacernos comprender que únicamente la democracia es capaz de preservar a un pueblo de semejante horror, que sólo ella puede mantener y salvar los sagrados y esenciales derechos de la criatura humana. Unicamente así podremos estar seguros de que NUNCA MÁS en nuestra patria se repetirán hechos que nos han hecho trágicamente famosos en el mundo civilizado.
ERNESTO SÁBATO.
Y tenían por rey al Ángel del Abismo, cuyo nombre en
hebreo es Abaddón, que significa El Exterminador.
APOCALIPSIS SEGÚN EL APÓSTOL SAN JUAN
Es posible que mañana muera, y en la tierra no
quedará nadie que me baya comprendido por completo.
Unos me considerarán peor y otros mejor de lo que
soy. Algunos dirán que era una buena persona; otros,
que era un canalla. Pero las dos opiniones serán
igualmente equivocadas.
Mijail Iurevitch Lérmontov,
UN HÉROE DE NUESTRO TIEMPO

ALGUNOS ACONTECIMIENTOS PRODUCIDOS EN LA CIUDAD DE BUENOS
AIRES EN LOS COMIENZOS DEL AÑO 1973
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ENTRARON DOS CON UNA LINTERNA,
se acercaron primero al que había dicho llamarse Pereira o Pedreira, lo examinaron de cerca. "El hijo de mil putas", dijo uno, "y sabía algo, estoy seguro". Lo pateó y entonces se acercaron a Marcelo.
—Vamos —le dijeron.
Al sacarlo al corredor, oyó de nuevo aquellos aullidos.
Lo entraron a patadas y empujones a un cuarto donde había una especie de mesa de operaciones. Lo desnudaron, le revisaron los bolsillos: qué bueno, una libreta de teléfonos, un libro de poesías, el maricón: "A Marcelo, en este fin de 1972, siempre, siempre, Ulrike". Así que Ulrike, eh? Y ellos que creían que era puto. Y un diccionario chiquito en el bolsillo del saco:
—Mirá, Turco, mirá esta dedicatoria: "A Palito, esperando que le sea útil, con cariño, Marcelo". Nada menos que a Palito! Cómo se ve que este idiota no sabe ni el ABC! —Otro, a quien llamaban el Gordo, dijo bueno basta de joda y a trabajar.
Lo pusieron sobre la mesa de mármol, le abrieron los brazos y las piernas como formando una cruz y ataron las muñecas y tobillos con sogas, que amarraron a la mesa. Luego le tiraron un balde de agua fría, le acercaron la punta de la picana. Se la mostraron y le preguntaron si sabía lo que era.
—Es un invento argentino —dijo el Turco, riéndose—. Después dicen que los argentinos no sabemos más que copiar lo extranjero. Industria nacional, sí señor y a mucha honra.
El Gordo, que parecía el de mayor autoridad, se le acercó y le dijo:
—Aquí vas a contar todo, lo que se dice todo. Y cuanto antes empecés, mejor. No tenemos apuro: te podemos tener un día como una semana, sin que crepés. Lo sabemos hacer. Así que antes de empezar te conviene decirnos varias cosas. Y te advierto que a otro amigo de Palito ya lo tenemos al lado. Oíste esos alaridos? Y cantó una cantidad de cosas, pero queremos saber lo que vos sabés. Así que empezá: cómo lo conociste, qué te contó, los contactos, si lo conocés al Rubio y al Cachito. Palito se escapó por los fondos. Adónde se ha escondido? Vos vivís con él, sos amigo íntimo. Eso ya lo sabemos. Es inútil que negués nada de eso. Lo que queremos saber son otras cosas. Con quién está ligado, a quiénes veía, quiénes iban al cuarto de la calle Independencia, y quién es Ulrike? Al cuarto no iba nadie. Ulrike era una simple amiga. Él nunca le preguntaba nada a Palito.
Habían ido a vivir juntos porque sí? Dónde lo había conocido? Acaso no sabía que Palito había estado con la guerrilla del Che?
No, de eso no sabía nada.
Así que un día lo encontró por casualidad en la calle y decidieron ir a vivir juntos?
Marcelo no responde.
Nadie los presentó? T e gustó la cara del cretino? Quién había sido el vínculo? Por qué Palito había venido a parar a Buenos Ares? Dónde lo había visto por primera vez?
En el café de Rivadavia y Azcuénaga.
Sí, muy bien. Pero a ese café van miles de hombres y mujeres. Por qué se vinculó con él? Sabía quién era el Rubio?
Marcelo no respondió.
Bueno, que empezaran a darle.
Primero le pusieron la picana en las encías y sintió como si le clavaran alfileres ardientes. Su cuerpo se arqueó con violencia y gritó. Apenas se detuvieron, una enorme vergüenza se apoderó de su espíritu por haber gritado. No resistiría. Con horror, pensó que no resistiría.
—Mirá, esto es una muestrita. Muestra gratis. Apenas el comienzo. Viste al que estaba tirado en el calabozo? Vamos, no perdamos tiempo. Mucho ya lo sabemos, no te preocupés. Y no te dejés arruinar tu cuerpo para siempre por mantener secretos. A la larga los soltarás, y total que ya estarás jodido. Dale. En primer lugar contá cómo lo conociste al Palo.
—En el café de Azcuénaga y Rivadavia.
—Sí, ya lo dijiste. Lo creo. Pero cómo? Se te acercó de pronto, te dijo me gustaría vivir con vos?
—Se me acercó para pedirme fuego.
—Y vos le diste.
—Claro.
El Gordo se dio vuelta y preguntó si alguien había encontrado cigarrillos y fósforos en los bolsillos. No. Sólo un diccionario chico, un libro de versos, un inhalador de ésos para el asma, una libreta de direcciones y setecientos y pico de pesos.
El Gordo se dio vuelta con dulzura:
—Ves? Acá no conviene mentir. No había ni cigarrillos ni fósforos.
Te lo digo por tu bien: no macaniés.
Se le habían terminado.
Qué.
Los cigarrillos.
Los cigarrillos y los fósforos a la vez?
Se rieron.
A ver: qué cigarrillos fumaba, JOCKEY CLUB, dijo al azar, JOCKEY CLUB? Cuánto costaban?
No pudo contestar, no lo sabía. Le metieron un trapo sucio en la boca.
—Delen, aumenten el voltaje.
Le dieron en las ingles, en las axilas, en las plantas de los pies. Su cuerpo se sacudía salvajemente.
—Paren. Está bien. Ya veo que pertenecés al tipo cabeza dura, idiota. Vas a arruinar tu vida por nada. Cuando cambie el gobierno nosotros seguiremos aquí. Y ustedes también. Los que sobrevivan.
Largá, pibe.
Le sacaron el trapo de la boca.
—Sabemos que un día estaba el Rubio, que vos conocías al Rubio por un estudiante de derecho llamado Adalberto, Adalberto Palacios. Ya ves que sabemos que has mentido. Y ya ves, también, que otros hablaron.
Marcelo quedó aterrado. Pero no podía ser el Rubio. No quedaba sino Palacios.
—No es cierto —dijo.
El Gordo lo miró con expresión bonachona.
—Mirá, te voy a decir una cosa: sabemos también que vos no sos guerrillero, que sos incapaz de matar una mosca. Acá estamos mucho más enterados de vos de lo que te podés imaginar. No te torturamos por eso, comprendé: te torturamos porque sabés cosas y tenés que largarlas. Tenemos depositadas muchas esperanzas en un tipo como vos, por eso mismo. Porque te gusta la poesía, porque sos delicado. Sabés? No lo tomés a mal. No vayas a creer que yo picaneo por gusto. No. Yo también tengo familia. O qué te crees que somos nosotros: bestias sin madre?
Su cara era casi bondadosa.
—Bueno, ahora que hemos intimado un poco, ahora que has comprobado que no somos lo que pretenden, hablemos con calma. Dijiste que se te acercó para pedirte fuego y vos dijiste que sí, que le diste fuego, no es así?
—Sí.
—Y te comprobamos que habías mentido.
—Sí.
—Ya ves que no vale la pena mentir. Siempre terminamos por saber cuándo se
miente. Volvamos al café de Rivadavia y Azcuénaga. Eso es cierto, lo sabemos.
Cómo trabaron relación? Ahí no más se te acercó y te empezó a hablar de la guerrilla? Bien sabés que un guerrillero no habla a nadie de eso si no es de su absoluta confianza. Por qué te iba a tener confianza a vos, a un desconocido? Porque él te ha hablado de la guerrilla.
No, nunca. No sabía quién era Palito. Sólo sabía que era tucumano, que había trabajado en un ingenio, que el ingenio cerró, que estuvo sin trabajo, que luego trabajó en FIAT, y que de nuevo se quedó sin trabajo. Pero nunca le había explicado por qué se había quedado sin trabajo?
No.
Tampoco por qué se había ido a Bolivia?
No.
Así que no sabía que Palito integraba un grupo de guerrilleros aquí?
No.
Nunca había ido al cuarto un tipo de unos 27 años, alto, de anteojos, de pelo crespo y negro, que rengueaba un poco. Eran las señas exactas de el Lungo. Se espantó. Ahora estaba seguro: era Palacios el que había hablado.
No. Nunca había visto a ese hombre.
El Gordo lo miró largamente, en silencio. Luego se dio vuelta y dijo:
—Delen con todo.
Le metieron el trapo sucio en la boca y oyó que el Turco dijo "éste va a cantar hasta el Arroz con Leche".
Comenzaron con las encías, luego en las ingles, en la planta de los pies, en los testículos. Sentía que le arrancaban la carne con tenazas candentes. De pronto empezó a ver todo blanco y el corazón golpeaba sobre su pecho como alguien a golpes de puño, sobre una puerta, encerrado en un cuarto con perros rabiosos que lo destrozan. Hasta que las descargas cesaron.
—Sacale el trapo.
Dónde estaban las armas? Quiénes eran los capos? Dónde vivía el Lungo? Cuál era el aguantadero? Habían tenido conexión con el ataque de la Calera? Quiénes iban al café de Paseo Colón y San Juan?
Casi no podía hablar, sentía la lengua como un pedazo de algodón hinchado. Murmuró algo, el Gordo acercó su oído. Qué decía.
—Agua —murmuró.
Sí, le darían agua, cómo no. Pero antes tenía que responder. Pensaba en Palito, en aquella infancia desdichada en el rancho, en sus sufrimientos de Bolivia, en el callado estoicismo de Guevara. En ese momento la vida de Palito estaba dependiendo de una sola palabra que él dijese. Nunca había hecho nada de valor, jamás había hecho algo para aliviar la tristeza o el hambre de un solo chico miserable. En realidad, para qué servía? El Gordo le mostró una botella de coca-cola helada.
Iba a hablar?
Marcelo no hizo ningún signo.
Entonces el otro abrió la botella y arrojó el contenido burbujeante sobre el cuerpo de Marcelo.
—Métanle el trapo —ordenó con cólera—. Y delen la máxima.
El horror recomenzó, hasta que todo se hizo negro y perdió el conocimiento.
Cuando volvió en sí, como si surgiera destrozado de entre escombros ardientes, oyó palabras que no entendía bien, algo de doctor, de inyección. Sintió un pinchazo en alguna parte. Después oyó "hay que dejar por un tiempo".
Empezaron a hablar entre ellos, algo del domingo, una playa en Quilmes, se reían mucho, se quejaban de perder la fiesta de fin de año. Oía nombres: el Turco, Petrillo o Potrillo, el Gordo, el Jefe. Recomenzaron los gritos y aullidos en algún cuarto vecino. Por qué no lo revientan? dijo uno de ellos. Alguien se le acerca y le dice oís? Es tu amigo Palacios, no le ponemos trapo para que lo oigás, después te lo mostramos.
Su cabeza está rellena de algodón ardiendo con alcohol, tiene una sed que no puede resistir, mientras siente que ellos dicen "esta cerveza no está bien helada, hay que embromarse". Seguían los alaridos. Palito, con sus huesitos pegados a la piel, el rancho, el Comandante, el hombre nuevo.
—Bueno, muchachos, a laburar —dice alguien, seguramente el Gordo—. El doctor dice que a éste hay que dejarlo un rato. Le sacan las ligaduras y lo arrojan al suelo.
—Traigan a la turrita esa y a Buzzo.
Los traen, arrastrándolos de los pelos.
A Marcelo lo han sentado en el suelo contra la pared y lo obligan a mirar: ella es una chica de alrededor de diecinueve o veinte años, él tendrá unos años más. Tienen aspecto de muchachos trabajadores, humildes.
Al llamado Buzzo lo desnudan y lo amarran sobre la misma mesa en que habían torturado a Marcelo, mientras los otros tienen agarrada a la chica. El Gordo le dice a Buzzo que le conviene hablar antes de aplicarle la máquina y de inutilizarle la novia.
—Ya sabemos que los dos están en los Montos. Ya el Cachito confesó todo, el atraco al destacamento del Tigre, el asalto al Hospital de San Fernando, la muerte del cabo Medina. Ahora nos vas a contar algunos detalles que faltan: hablá del enlace con el grupo de Córdoba.
Qué enlace? Él no sabe nada de eso?
—Empiecen a darle —ordenó.
Marcelo empezó a ver desde fuera lo que le habían hecho a él, se repetían los
mismos horrores, las mismas monstruosas contorsiones.
—Paren.
Le acercaron a la chica.
—Cómo se llama?
—Esther.
Esthercita, los hombres te han hecho mal, canta uno de los del grupo.
El Gordo le dice callate, ahora.
—Dónde la conociste.
—En la fábrica.
—Qué relación tiene con vos.
—Es mi novia.
—Nada que ver con la política, no?
—No, nada que ver. Es nada más que mi novia.
—Nunca hablaban de política, no?
—Todo el mundo hoy habla de política.
—Ah, bueno. Y ella sabía que vos estabas con los Montos, me supongo.
—Yo no estoy con los Montos.
Se rieron con ganas.
—Bueno, está bien. No vamos a discutir macanas. Desnúdenla.
Buzzo gritó: "No hagan eso!" Su grito fue casi salvaje. El Gordo lo miró. Con una
especie de cortesía helada le preguntó:
—Lo vas a impedir vos?
Buzzo lo miró y dijo:
—Es cierto, ahora no puedo hacer nada. Pero si alguna vez salgo de aquí juro que buscaré a cada uno de ustedes para matarlos.
Todos se quedaron un momento en suspenso. Sus caras demostraron enorme regocijo. El Gordo se dio vuelta hacia ellos y les dijo qué esperaban. Entonces le arrancaron la ropa a jirones. Marcelo no podía dejar de mirar con horror, con una especie de fascinación alucinada. La chica era modesta, pobre, pero tenía la humilde belleza de algunas muchachas aindiadas de Santiago del Estero. Sí, es cierto, ahora recordaba las pocas palabras que había pronunciado: tenía el acento santiagueño. Mientras le arrancaban las ropas, gritaban, se reían con morbosa nerviosidad, uno sobre todo, enorme y sucio, gritaba yo primero. En el momento en que el individuo que llamaban el Turco, babeante y enloquecido, se lanzó sobre ella, mientras los otros gritaban, la manoseaban, se masturbaban y el muchacho amarrado a la mesa gritaba Esthercita! Marcelo perdió el conocimiento. Desde aquel momento ya no tuvo noción de tiempo, ni de lugar. De pronto se encontraba tirado en un calabozo (el mismo de antes?), con el mismo olor a excrementos y orina, de pronto era torturado en la mesa, o era golpeado en el vientre, o le retorcían los testículos. Todo era confuso, los nombres que le decían, los gritos, los insultos, los escupitajos sobre la cara. En un momento sintió que lo arrastraban de los pelos por el corredor apenas alumbrado y lo arrojaban de nuevo en aquel calabozo hediondo y pegajoso. Creía estar solo. Pero al rato, en la penumbra, a través de sus ojos que parecían salirse de las órbitas, hinchados, desde donde veía todo como una fantasmagoría turbia, le pareció entrever a otro que estaba sentado en el suelo.
El otro murmuró algo. No sabía, lo acusaban de ser miembro del FAR. Del FAR?
Había dicho que sí a todo, tenía mucho miedo. Qué le parecía? Su tono era de ruego, de disculpa.
—Sí —musitó Marcelo.
Sí, qué, rogó el otro.
Que estaba bien, que no debía preocuparse.
El otro se quedó callado. Oyeron nuevos alaridos y luego los intervalos de silencio
(el trapo en la boca, pensaba Marcelo). Sintió que el otro se arrastraba hacia él.
—Cómo te llamás —le preguntó.
—Marcelo.
—Te torturaron mucho?
—Más o menos.
—Cantaste.
—Claro.
El otro quedó en silencio. Después dijo: quisiera orinar, pero no puedo.
Dormita, como un sueño sobre un desierto ardiente, erizado de puntas de fuego. Hasta que lo sacuden a patadas. Vienen de vuelta. Cuánto tiempo ha pasado? Un día o dos? No lo sabe. Sólo quiere morir de una vez. Lo arrastran de los pelos hasta un lugar iluminado, otra pieza de tortura. Le muestran una masa informe, de llagas, de inmundicia.
—No lo reconocés, eh.
Es el Gordo, de nuevo, con su voz helada. Ahora le parece reconocerlo, cuando aquello intenta un gesto, algo que parece un gesto de amistad. Cuando comprende quién es vuelve a desmayarse. Despierta en la misma pieza, le han dado algo, quizá una inyección. Traen a una mujer embarazada, un médico la examina, pueden darle, dice. Vas a perder el hijo, reputísima. La picanean en los senos, en la vagina, en el ano, en las axilas. La violan. Luego le meten un palo, mientras al lado se oyen los gritos, los aullidos de otro:
—Es el marido —le explica el Gordo.
Siente que va a vomitar, pero no puede. Que dijera si conocía a esa mujer, a la embarazada, si conocía a Buzzo, a Esther, cuándo había visto a Cachito. Todo se le mezcla, ya no entiende nada. Siguen con aquella mujer, le dicen que la harán parir sobre la mesa de tortura, que le van a arrancar el hijo.
El Gordo le dice que lo harán pedazos si no cuenta todo, si no dice lo que Palito hacía en las últimas semanas. Era alto, pecoso? Le decían el Colorado? Lo conocía a este otro? Lo había visto con Palito en el café de la calle Independencia? Han desatado a la parturienta y empiezan a picanearlo a él. Cuando se desmaya despierta de nuevo en el piso de cemento del calabozo. Todo parece más oscuro. Al rato vienen los de la linterna. Buscan al otro. El hijo de puta, dice uno de ellos, alumbrando con la linterna. Mirá, de dónde pudo sacar esta gillette? Había mucho
que sacarle, hijo de puta. Lo arrastran, se lo llevan, y queda completamente solo.
Tiene ganas de orinar, pero no puede: el dolor lo desmaya. Sueña algo extraño, algo de infancia: como imágenes purísimas en un chiquero. Medio despierta, se encuentra musitando una oración, está arrodillado al lado de su camita, pidiendo al Niño Jesús, su madre está al lado y le dice ahora a dormir. El Niño Jesús, eso es. Y de pronto con una especie de ronquido murmura: DIOS MÍO, POR QUÉ ME HAS ABANDONADO! Pero en seguida tiene vergüenza, piensa en esa mujer embarazada. El encuentro con Ulrike en la Plaza Retiro le parece estar a un siglo de distancia, en otro planeta. Dios ha tenido un ataque de locura y todo su universo se quiebra en pedazos, entre aullidos y sangre, entre imprecaciones y restos mutilados. Vuelve a
pensar en Toribio, vuelve a repetir su oración infantil, como si pudiera tener alguna fuerza en aquel Infierno. Dónde estaba Dios? Qué quería probar con el suplicio, con la violación de un ser tan humilde como Esther? Qué quería decir? Quizá quería decirles algo, a todos, pero no podían comprender. En ese momento habría novios de la mano, augurios de felicidad, risas, los barcos tocarían o habrían ya tocado las sirenas. Año nuevo, vida nueva. O habrán pasado ya varios días? Qué día será? Allí era siempre de noche. Ah, sí, el otro le había dicho que había confesado todo, pero confesado mentiras, acusado a personas inocentes, le habían hecho firmar algo. Le pareció que había llorado, aunque allí ya no se sabía distinguir gestos ni lágrimas.
Qué? Se había suicidado con una gillette? Y las mujeres, pensaba, las mujeres: Marta Delfino, Norma Morello, Aurora Martins, Mirta Cortese, Rosa Vallejo, Ema Debenedetti, Elena da Silva, Elena Codan, Silvia Urdampilleta, Irma Betancourt, Gabriela Yofre. Parecía un desfile de fantasmas en el infierno. Los mártires cristianos, pensaba. Ser devorado por las fieras era nada al lado de todo esto.
Después volvió a delirar y todos los nombres se mezclaron, y las épocas. Entonces vuelven los de la linterna. Lo arrastran de los pelos a la pieza de torturas.
—Bueno —dice el Gordo—, ahora se terminó. Ahora cantás todo o de aquí ya no salís vivo.
—Bueno —dice el Gordo—, ahora se terminó. Ahora cantás todo o de aquí ya no salís vivo.
Lo colocan de nuevo en la mesa. El cuarto está lleno de humo, hay gritos, risas, insultos. Todo se convierte ya en un confuso infierno. Te vamos a seguir trabajando, maricón, hasta que largues todo. Le retuercen los testículos, le meten la picana en la boca, en el ano, en la uretra, le golpean los oídos. Luego siente que traen una mujer, que la desnudan y la ponen encima de él. Los picanean a los dos a la vez, gritan palabras espantosas a la mujer, tiran baldes de agua, después lo desatan, lo golpean en el suelo. Se desmaya, cuando vuelve en sí está de nuevo el
doctor, la jeringa. No da más, dice. Pero todos parecen una jauría enfurecida. Lo agarran, le meten la cabeza en un tacho lleno de orina y cuando ya cree que va a morir, le sacan la cabeza, y siempre las mismas preguntas, pero él ya no entiende nada. Todo ha desaparecido en una tierra convulsionada por terremotos e incendios que vuelven y vuelven, entre gritos y lamentos desgarradores de seres aplastados por bloques de hierro y cemento, sangrantes, mutilados, aplastados por vigas de acero ardiente. Antes de perder el conocimiento siente de pronto una especie de inmensa alegría: VOY A MORIR, piensa.
A ESTA HORA LOS REYES MAGOS ESTÁN EN CAMINO

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